Era dulce y eléctrica, una persona cautivadora, silenciosa. Adoraba sentarse y observar todo detenidamente. Solía verla pasar una, tres, hasta diez veces, frente a mi casa, donde los barcos atracaban ansiosos por el nuevo regreso.
Era ese tipo de personas que se transformaban de una manera sorprendente: un poco de música, y aquel silencio interno se transformaba en algo atípico. Volvíase elocuente de un momento a otro, como una tormenta de danzas y sonidos que la abarcaba por dentro hasta hacerla estallar, hasta liberar por cada poro toda aquella luz interna.
La última vez que logré verla, danzaba bajo la cálida luz del atardecer, rodeada por ese brillo extraño que uno suele ver cuando ve las hadas, cuando ve un ángel, algo divino, místico. Toda esa gloria la envolvió mientras ella seguía moviéndose, de manera hipnotizante, hasta desaparecer en un pequeño destello... un destello que nunca más se volvió a ver, nunca.
Era ese tipo de personas que se transformaban de una manera sorprendente: un poco de música, y aquel silencio interno se transformaba en algo atípico. Volvíase elocuente de un momento a otro, como una tormenta de danzas y sonidos que la abarcaba por dentro hasta hacerla estallar, hasta liberar por cada poro toda aquella luz interna.
La última vez que logré verla, danzaba bajo la cálida luz del atardecer, rodeada por ese brillo extraño que uno suele ver cuando ve las hadas, cuando ve un ángel, algo divino, místico. Toda esa gloria la envolvió mientras ella seguía moviéndose, de manera hipnotizante, hasta desaparecer en un pequeño destello... un destello que nunca más se volvió a ver, nunca.
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