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jueves, 25 de agosto de 2011

Caso cerrado.-

Corrí por un largo callejón intentando escapar de ella. Su maldita presencia me irritaba a diario al punto de necesitar huir.
Todo comenzó hace algunos meses, cuando una noche, alguien comenzó a seguirme. Un susurro constante me persiguió desde los primeros días de este crudo verano. Al principio, nada era normal. Despertaba por las mañanas rodeada de dinero, con ropa ensangrentada, y las noticias en los diarios no dejaban mucho a la imaginación desde mi postura. No había error de cálculos, debía eliminar ese perverso espíritu que trastornaba mi personalidad... ¿cómo? era la pregunta, ¿cómo eliminar algo que estaba en mi subconsciente sin terminar tras barrotes de hierro, encerrada de por vida? Estaba hecha para ser libre, para gritar en una tarde de primavera, enfermarme por caminar bajo la lluvia y oler el otoño en cada calle. No estaba hecha para estar encerrada, a la sombra, cumpliendo condenas, al fin y al cabo yo no era responsable de nada, ¿o sí? No, yo no había asesinado, no había robado, no había enterrado testigos e inocentes en aquel jardín abandonado.
Necesitaba liberarme de ella, de esa persona que cambiaba mi mente, pero debía enfrentarla sola, nadie podía ayudarme.
Atrapada en éste callejón, solo encontré una salida. Llegué a un techo, miré al precipicio y creí que podía volar. Me arrojé desde el techo como si no hubiera nada que me impidiera volar, como si  la gravedad se anulara... morí.
Mi cuerpo fue encontrado, lleno de marcas y la cruel carta del destino tendiendo en una mano. Nadie podía ayudarme, recurrí a la peor solución. Preferí la libertad de mi espíritu antes que el encierro de mi cuerpo.

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