Su cuerpo tembló súbitamente, pareció que un rayo había entrado en su cuerpo.
Durante días había estado en cama, como si algo la hubiera pegado, como si la gravedad fuera más fuerte sólo en esa habitación, específicamente sobre su cuerpo. Algo la aplastaba, la atrofiaba, trastonaba y consumía, poco a poco, lentamente.
Antes fue una chica feliz, de ésas que emanaban locura sana y diversión por cada poro de su piel. Adoraba el olor a lluvia en las tardes de primavera, y se ponía triste si el Sol ocultaba su bello amanecer en verano. Pero una noche apoyó su cabeza en la almohada y nunca más volvió a levantarse, nunca más disfrutó los amaneceres ni olió lluvias.
La fiebre subía y bajaba como si estuviera jugando inocentemente. Los delirios eran tan fuertes que nunca sabías que continuaba... furia, amor, llantos, gritos, nunca calma; nunca paz.
En las últimas horas pareció la misma de antes. Un brillo extraño drenó esperanza, pero la cruda realidad le dio el desdén de la razón. Me llamó, me senté a su lado; puso sus manos sobre mis mejillas y me sonrió... esa sonrisa que exclamaba a gritos un "Te amo", esos ojos que susurraban un "adiós".
Le acomodé su almohada, volvió a recostarse, besé su frente y tembló. Tembló como si mil frios la hubieran recorrido, exhaló el suspiro más dulce por última vez.
Durante días había estado en cama, como si algo la hubiera pegado, como si la gravedad fuera más fuerte sólo en esa habitación, específicamente sobre su cuerpo. Algo la aplastaba, la atrofiaba, trastonaba y consumía, poco a poco, lentamente.
Antes fue una chica feliz, de ésas que emanaban locura sana y diversión por cada poro de su piel. Adoraba el olor a lluvia en las tardes de primavera, y se ponía triste si el Sol ocultaba su bello amanecer en verano. Pero una noche apoyó su cabeza en la almohada y nunca más volvió a levantarse, nunca más disfrutó los amaneceres ni olió lluvias.
La fiebre subía y bajaba como si estuviera jugando inocentemente. Los delirios eran tan fuertes que nunca sabías que continuaba... furia, amor, llantos, gritos, nunca calma; nunca paz.
En las últimas horas pareció la misma de antes. Un brillo extraño drenó esperanza, pero la cruda realidad le dio el desdén de la razón. Me llamó, me senté a su lado; puso sus manos sobre mis mejillas y me sonrió... esa sonrisa que exclamaba a gritos un "Te amo", esos ojos que susurraban un "adiós".
Le acomodé su almohada, volvió a recostarse, besé su frente y tembló. Tembló como si mil frios la hubieran recorrido, exhaló el suspiro más dulce por última vez.
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