De pequeña, amaba mirar por la ventana de mi habitación. Me sentaba allí, donde el Sol no era fuerte y observaba todo y a todos. Me sentía una gran espía porque podía ver absolutamente cada movimiento de las personas, pero sobre todo de ella. Una mujer. Una mujer que era más que una mujer, era un todo en la gran nada.
No tendría mas de veintisiete años, pelo castaño, piel de porcelana, siempre de punta en blanco y vestida de una manera provocativa pero a la vez muy sutil. Sus ojos, eran esos zafiros por los que muchos hombres hubieran matado y por los que muchos murieron. Aquellos, eran la perdición de cualquiera que los viera.
Ésa mujer, se sentaba en el banco de la vereda, y esperaba que un hombre posara sus ojos en su figura, quizá atraído por sus piernas, por sus labios carmesí o por su perfume. Y en ése momento, la fiera atacaba. Clavaba sus ojos en aquella presa inocente y sedienta de deseo. Dejaba atrás su disfraz de dulce cordero para convertirse en un verdadero lobo.
Siempre la misma rutina, nunca la misma presa, siempre el mismo y tonto truco donde el pez por la boca moría.
Años después, me encuentro sentada en un bar, vestida sutilmente provocativa, en busca de una presa a la que atacar. Todas las noches, una diferente. Aquella mujer, hoy es ésta mujer; aquellos ojos, hoy son los ojos que veo constantemente en el espejo.
No tendría mas de veintisiete años, pelo castaño, piel de porcelana, siempre de punta en blanco y vestida de una manera provocativa pero a la vez muy sutil. Sus ojos, eran esos zafiros por los que muchos hombres hubieran matado y por los que muchos murieron. Aquellos, eran la perdición de cualquiera que los viera.
Ésa mujer, se sentaba en el banco de la vereda, y esperaba que un hombre posara sus ojos en su figura, quizá atraído por sus piernas, por sus labios carmesí o por su perfume. Y en ése momento, la fiera atacaba. Clavaba sus ojos en aquella presa inocente y sedienta de deseo. Dejaba atrás su disfraz de dulce cordero para convertirse en un verdadero lobo.
Siempre la misma rutina, nunca la misma presa, siempre el mismo y tonto truco donde el pez por la boca moría.
Años después, me encuentro sentada en un bar, vestida sutilmente provocativa, en busca de una presa a la que atacar. Todas las noches, una diferente. Aquella mujer, hoy es ésta mujer; aquellos ojos, hoy son los ojos que veo constantemente en el espejo.
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