Me despertó un susurro, sentí un escalofrío que me recorría toda la espalda cual rayo en tormenta, y tuve que salir de mi cama. Escaleras abajo, me di cuenta de que el calor subía por mi cuerpo... era como fiebre. No, no era fiebre, era necesidad. Esa necesidad de vivir la vida, de sentir el sol en mi cara, el viento revolviendo mi pelo... esa necesidad de correr y cansarme como nunca antes lo hubiese hecho.
Fue sentirme viva. Fue querer robarme un pedacito de cielo y guardarlo de manera egoísta, en mi caja de recuerdos. Fue sentir que nada ni nadie me iba a detener.
Me ovidé la timidez, el silencio, la vergüenza, puertas adentro. Salí a vivir la vida, como si cada segundo fuera el último. Como si este fuera mi lugar.
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